domingo, 14 de diciembre de 2008

Parapetado

Cuando Eugenio abandono esa mañana su catrera nunca pensó que iba a terminar escondido tras un guadarrail. Era domingo, y luego de almorzar fideos con aceite, dejo ese lugar al que jocosamente llamaban pensión, con sus paredes de chapadur y sus cables aéreos y demasiado visibles.

Había decidido, la noche anterior durante la duermevela, investigar los alrededores del lugar donde transcurriría su próxima novela. O cuento, todavía no estaba muy seguro. No quería situar su historia en la ESMA, demasiado truculento, demasiada sángre derramada que dolía y mucho, pero la zona aledaña al estadio de River Plate lo atraía: escuelas de tiros, estadios varios, concesionarias de autos bien menemistas, autopistas, la Ciudad Universitaria de los militares. Un buen escenario, pensó, mire por donde se mire.

Domingo gris, no oscuro lluvia, sino ceniza, de esos en los que parece que la tierra lo invade todo, hasta el aire. Agradeció por el suculento aunque insulso plato de fideos y patitas para qué te quiero, tomo por La Rioja hasta Plaza Once, y siguió por una Avenida Pueyrredón sucia y deshabrida, de locales cerrados y miradas hoscas, bien dominguera. Paso por un Abasto lleno de gente comprando, sin mirarlas siquiera, y Córdoba fue un canto a lo ingrato de su tarea. Luego Dorrego, los parques de Palermo, algunos pocos transeúntes ensayando caminatas ligeras bajo un llovizna perversa, que hacían las veces de ejercicios semanales y del todo fútiles. Y, por fin, su destino.



Recorrió calles vacías, sintiendo en el aire una excitación inexplicable. Para cuando resolvió el misterio ya estaba en un brete: partido en el Monumental y, por los insultos y los vestidos de los que abandonaban el lugar, un Boca-River. Nunca había entrado en el folclore futbolero que envuelve al país todo el tiempo pero como cualquier ser vivo de este rincón del mundo, comprendía lo básico para saberse en peligro.

Se cobijo en un grupo de hinchas no cabizbajos pero si serios que iban enfilando hacia la autopista Lugones. Iban entremezclados algunos hinchas de Boca y un gran número de simpatizantes del club transplantado al barrio. Ambos grupos se ignoraban, como corresponde a plateístas padres de familia con sus hijos. Enfrente, en las vías del ferrocarril San Martín, un munido rejunte de personas, ruidosos, de River, con una inmensa carga de violencia que no intentaban reprimir y aumentaba de acuerdo al número de los reunidos. Algunas camisetas a mi alrededor, nunca termine de decidir cuáles -los motivos de los barras bravas me eluden completamente-, alimentaron su ira y pronto comenzaron a caer piedras sobre nuestras cabezas. Todos, bosteros y gallinas, terminamos por refugiarnos tras los guardarrails escuchando como las piedras golpeaban y sonaban como granizo. Estuvimos allí unos cinco minutos, tal vez diez, que para mi fueron una eternidad. Y aunque no temí por mi bienestar físico, si pensé en lesiones, Hospital Fernández, comisarias y pasillos. Nada sustancial, nada novelesco. Solo otro día en la oficina y cuestiones que no superarían las charlas en un café.

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